Bibliografía
Estrés y eje reproductivo
El lenguaje biológico del estrés: claves PNIE para comprender su impacto en la fertilidad
El cuerpo humano habla. Habla todo el tiempo, pero no con palabras. Se expresa en ciclos hormonales, ritmos cardíacos, sustancias que fluyen por la sangre, la saliva, la orina y el cabello. Habla también a través del sistema inmunológico, que vigila, interpreta y reacciona. Y una de las formas más precisas que tiene para hacerlo es a través del estrés.
El estrés no es un concepto abstracto. Es una experiencia fisiológica concreta, medible, y con efectos demostrables sobre la salud. En el contexto de la salud reproductiva, el abordaje PNIE (Psiconeuroinmunoendocrinológico) permite entender el cuerpo como un sistema interconectado, donde los pensamientos y emociones (psico), las señales cerebrales (neuro), las respuestas hormonales (endocrino) y la regulación inmune (inmuno) actúan de manera orquestada.
Numerosos estudios han demostrado que el estrés psicosocial —crónico o agudo— puede alterar profundamente los ejes que regulan el equilibrio fisiológico. El eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HHA) y el sistema simpático-adrenomedular (SAM) son los principales canales de respuesta. Frente a una amenaza (real o percibida), el cuerpo libera catecolaminas (adrenalina y noradrenalina) y glucocorticoides, principalmente cortisol. Esta cascada afecta directamente a los ovarios, al útero y a la calidad ovocitaria, así como a la función espermática en varones.
Pero la historia no termina ahí. La investigación reciente ha identificado biomarcadores específicos que reflejan esta activación fisiológica del estrés. Entre ellos, el cortisol, la proteína C reactiva (PCR) y la interleucina 6 (IL-6) han sido los más destacados. Su presencia en sangre, saliva, orina o cabello permite medir el nivel de inflamación sistémica, un fenómeno clave en la desregulación endocrina que puede conducir a infertilidad, fallos de implantación o complicaciones en el embarazo.
Por ejemplo, se ha demostrado que mujeres con ansiedad severa o sin soporte social adecuado presentan niveles más altos de IL-6 y PCR. Estas citoquinas proinflamatorias, liberadas por las células del sistema inmune, están implicadas en la disfunción endotelial, fenómeno vinculado a la preeclampsia, el parto prematuro y otras patologías obstétricas. Incluso el acortamiento telomérico y la metilación epigenética se han relacionado con la exposición a estrés sostenido.
El abordaje PNIE nos invita a mirar más allá del síntoma. A preguntarnos qué pasa con el entorno, el vínculo con la pareja, el pasado emocional, las condiciones laborales o el sistema de creencias de esa mujer que desea concebir. Y al mismo tiempo, nos ofrece herramientas para intervenir: mindfulness, ejercicio físico adaptado, regulación del sueño, mejora del entorno afectivo y psicoeducación. No se trata de eliminar el estrés (porque la vida no es un laboratorio controlado), sino de restituir la capacidad del organismo para autorregularse.
En definitiva, en cada ciclo menstrual, en cada intento de concepción, el cuerpo lee no solo las hormonas sexuales, sino también los niveles de cortisol, las citoquinas circulantes, la información emocional no resuelta. Escucha si hay calma o amenaza. Y responde. La ciencia hoy nos permite cuantificar esa respuesta, pero también nos recuerda que, para fertilizar la vida, necesitamos comprender a la mujer como un sistema completo. Y acompañarla integralmente.
Palabras clave:
cortisol y fertilidad, IL-6, PCR, inflamación crónica, psiconeuroinmunología, estrés crónico, fertilidad emocional
Fuente:
Zorrilla, B. A., De la Vega, R., & Luciano, J. V. (2014). Biomarcadores en la medición del estrés: una revisión sistemática. Revista de Psicología Clínica con Niños y Adolescentes, 1(1), 33–42.
Bibliografía
Estrés y eje reproductivo
El lenguaje biológico del estrés: claves PNIE para comprender su impacto en la fertilidad
El cuerpo humano habla. Habla todo el tiempo, pero no con palabras. Se expresa en ciclos hormonales, ritmos cardíacos, sustancias que fluyen por la sangre, la saliva, la orina y el cabello. Habla también a través del sistema inmunológico, que vigila, interpreta y reacciona. Y una de las formas más precisas que tiene para hacerlo es a través del estrés.
El estrés no es un concepto abstracto. Es una experiencia fisiológica concreta, medible, y con efectos demostrables sobre la salud. En el contexto de la salud reproductiva, el abordaje PNIE (Psiconeuroinmunoendocrinológico) permite entender el cuerpo como un sistema interconectado, donde los pensamientos y emociones (psico), las señales cerebrales (neuro), las respuestas hormonales (endocrino) y la regulación inmune (inmuno) actúan de manera orquestada.
Numerosos estudios han demostrado que el estrés psicosocial —crónico o agudo— puede alterar profundamente los ejes que regulan el equilibrio fisiológico. El eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HHA) y el sistema simpático-adrenomedular (SAM) son los principales canales de respuesta. Frente a una amenaza (real o percibida), el cuerpo libera catecolaminas (adrenalina y noradrenalina) y glucocorticoides, principalmente cortisol. Esta cascada afecta directamente a los ovarios, al útero y a la calidad ovocitaria, así como a la función espermática en varones.
Pero la historia no termina ahí. La investigación reciente ha identificado biomarcadores específicos que reflejan esta activación fisiológica del estrés. Entre ellos, el cortisol, la proteína C reactiva (PCR) y la interleucina 6 (IL-6) han sido los más destacados. Su presencia en sangre, saliva, orina o cabello permite medir el nivel de inflamación sistémica, un fenómeno clave en la desregulación endocrina que puede conducir a infertilidad, fallos de implantación o complicaciones en el embarazo.
Por ejemplo, se ha demostrado que mujeres con ansiedad severa o sin soporte social adecuado presentan niveles más altos de IL-6 y PCR. Estas citoquinas proinflamatorias, liberadas por las células del sistema inmune, están implicadas en la disfunción endotelial, fenómeno vinculado a la preeclampsia, el parto prematuro y otras patologías obstétricas. Incluso el acortamiento telomérico y la metilación epigenética se han relacionado con la exposición a estrés sostenido.
El abordaje PNIE nos invita a mirar más allá del síntoma. A preguntarnos qué pasa con el entorno, el vínculo con la pareja, el pasado emocional, las condiciones laborales o el sistema de creencias de esa mujer que desea concebir. Y al mismo tiempo, nos ofrece herramientas para intervenir: mindfulness, ejercicio físico adaptado, regulación del sueño, mejora del entorno afectivo y psicoeducación. No se trata de eliminar el estrés (porque la vida no es un laboratorio controlado), sino de restituir la capacidad del organismo para autorregularse.
En definitiva, en cada ciclo menstrual, en cada intento de concepción, el cuerpo lee no solo las hormonas sexuales, sino también los niveles de cortisol, las citoquinas circulantes, la información emocional no resuelta. Escucha si hay calma o amenaza. Y responde. La ciencia hoy nos permite cuantificar esa respuesta, pero también nos recuerda que, para fertilizar la vida, necesitamos comprender a la mujer como un sistema completo. Y acompañarla integralmente.
Palabras clave:
cortisol y fertilidad, IL-6, PCR, inflamación crónica, psiconeuroinmunología, estrés crónico, fertilidad emocional
Fuente:
Zorrilla, B. A., De la Vega, R., & Luciano, J. V. (2014). Biomarcadores en la medición del estrés: una revisión sistemática. Revista de Psicología Clínica con Niños y Adolescentes, 1(1), 33–42.
